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Gente solitaria

Antonio Muñoz Molina emplea la técnica del collage para componer su último libro, titulado Un andar solitario entre la gente (Seix Barral). Con un cuaderno, un lápiz y una grabadora, recorre las calles de la ciudad anotando lo que ve, intentando grabar en la memoria las frases que escucha, diálogos entrecortados, conversaciones de los transeúntes, eslóganes, mensajes de la publicidad, noticias de los periódicos. Repite con este gesto lo que otros escritores hicieron también recorriendo las calles de París, de Nueva York, de Lisboa, en busca de inspiración. Baudelaire, Edgar Allan Poe, Emily Dickinson, Fernando Pessoa son algunos de los autores que se citan en estas páginas como ejemplos de personas que no fueron apreciadas en su tiempo en toda su genialidad y que trataron de explicar en sus obras el mundo que les había tocado vivir.

“La ciudad te lo promete todo simultáneamente”, escribe Muñoz Molina en este libro. Y ese simultaneísmo define bien lo que es esta obra: un mosaico en el que se alternan la crónica de una sociedad mercantilizada con la memoria de momentos claves de la vida del autor: la infancia feliz, la juventud entre libros, el amor, la vida compartida. A través de estas introspecciones, Muñoz Molina evoca cuál es su relación con la literatura: escenas que recuerdan el gozo de la lectura, imágenes sobre el desasosiego, el entusiasmo o la turbación ante la escritura y reflexiones sobre la manera como uno se va haciendo escritor.

Robinsones

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En medio del fragor urbano y de las noticias que reflejan un mundo bastante desquiciado, Muñoz Molina escribe: “cada vez se hace más necesario un poco de silencio”.

Del silencio y de la soledad trata también el libro que acaba de publicar Jon Bilbao en la editorial Impedimenta. Se titula así: Del silencio y los crujidos. En él ha reunido tres novelas cortas bajo un epígrafe común: Tríptico de la soledad.

Los protagonistas de las tres historias son personajes solitarios, que buscan apartarse de los demás. Su soledad es voluntaria. En el primer caso, un estilita antiguo permanece subido a una columna, lejos de todos, aunque no puede evitar visitas de enfermos en busca de curaciones milagrosas. En el segundo, un biólogo se refugia en la soledad de la selva. Busca nuevas especies animales, pero en realidad está huyendo de los demás y de sí mismo. “No te vas. Huyes”, le reprocha Elsa. Y él sabe que sí, que cada viaje que emprende es una huida. “No me gusta cómo soy cuando estoy con otras personas”, reconoce (pág. 82).

En el tercer relato, el inventor de un programa web de contenidos pornográficos se encierra en una torre en Menorca, después de hacerse multimillonario. Se llama Juan, como en las historias anteriores, porque en los tres casos de este libro Jon Bilbao compone el rostro de tres personajes que son la imagen de la misantropía. Estas tres novelas cortas tienen un trasfondo unitario y sus personajes adquieren un valor simbólico. Los tres se encierran en la soledad conscientemente. Uno esgrime razones místicas; otro declara que es por amor a la ciencia; y el tercero afirma que sólo busca un refugio seguro. Pero en realidad el comportamiento de los tres pone en duda los límites que existen entre la soledad, el aislamiento voluntario, el egoísmo y la cobardía.

publicado en Diario de Navarra 19/4/18

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