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El niño que robó el caballo de Atila

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Autor: Iván Repila
Título: El niño que robó el caballo de Atila
Editorial: Seix Barral. 2017
Páginas: 138 páginas
Precio: 14 euros

viviendo en un pozo

    Dos niños, el Grande y el Pequeño, han caído en un pozo de siete metros de profundidad, en medio de un bosque. Intentan salir, pero todos sus esfuerzos resultan inútiles. Gritan, pero nadie les oye. Allí pasan la noche. Y el día siguiente. Al tercer día ya han desarrollado una rutina: comen raíces y gusanos, realizan ejercicios de supervivencia y esperan. No sabemos por qué están allí, ni por qué no consumen la hogaza de pan, tomates secos, brevas y un pedazo de queso que guardan en una bolsa para su madre. Cuando llevan una semana, les visita una manada de lobos. Después la lluvia. Y al poco tiempo se asoma una figura a la boca del pozo mientras ellos duermen, y los mira “y regresa por donde vino, en completo silencio”. Transcurrido más de un mes, los dos están débiles y frágiles como el esqueleto de una mariposa. Están al límite de perder la cordura. Sufren alucinaciones, olvidan las palabras y se enfrentan entre ellos por motivos fútiles. Su mundo es un cubículo pequeño que se agota en cuanto dan tres pasos. Por la noche se preguntan con los ojos cerrados: “¿hay algo más allá de esta vida mientras dura la vida?” (pág. 90).
     
   
Al límite
Seix Barral ha recuperado esta novela que el escritor Iván Repila publicó hace tres años en la editorial Libros del Silencio. Es una novela corta, estructurada en secuencias muy breves, escrita con un lenguaje preciso, exacto, variado, sugerente. Plantea una situación llevada al límite. Y la trata de forma expresionista, lo que produce una narración descarnada y claustrofóbica. Es eficaz su estilo de frases breves, de metáforas al borde del surrealismo, de diálogos lacónicos. “Creo que tengo la rabia”, cuenta el Pequeño una noche. “No, aún no tienes la rabia”, le responde el Grande. El Pequeño le mira sin amor y pregunta: “¿Y qué es esta ira que siento por dentro?”. “Te estás haciendo un hombre”, le dice el Grande (pág. 55).

La inverosimilitud de algunos datos de la historia que se cuenta, desde la supervivencia durante tanto tiempo en el pozo hasta la salida imposible del Pequeño, refuerza el carácter simbólico del relato. La novela se convierte en una áspera metáfora de la vida. Los dos personajes que la protagonizan se ven obligados a sobrevivir en penosas circunstancias. Les acechan peligros. Les acosa la enfermedad. Sienten el cansancio de la convivencia. Pasan los días y mantienen una tímida esperanza. Amanece y deben enfrentarse con sus propios recursos al desafío de vivir cada día. Y saben que en esa batalla cotidiana están solos.

    Alucinaciones
Para reflejar ese mundo desolado, la novela se sirve de imágenes oníricas que expresan las alucinaciones y la confusión de conciencia que sienten los dos niños. En este sentido, la novela se enraiza en técnicas que mezclan el naturalismo con recursos propios del surrealismo. Incorpora una metaliteratura simbólica que proviene de una larga tradición: la imagen del pozo como condena, la cueva como castigo y la caverna desde la que se observan las sombras de la vida están en la historia de la literatura desde Platón.

El niño que robó el caballo de Atila es un ejemplo de literatura de denuncia y de novela existencial. “La vida es maravillosa, pero vivir es insoportable”, se dice en las últimas páginas. Sus personajes experimentan la rabia, el odio y la furia ante el entorno hostil. Su encierro es para ellos un aprendizaje del dolor y de la rebeldía. Y les obliga a plantearse algunas preguntas para las que no tienen respuesta: “¿Por qué estamos aquí? ¿Esto es el mundo real?” (pág. 64).

publicado en Diario de Navarra 14/12/17

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