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todo lo que era sólido

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Autor: Antonio Muñoz Molina
Título: Todo lo que era sólido
Editorial: Seix Barral. 2013
Páginas: 253 páginas
Precio: 18,50 euros

para no estar tuertos

La realidad contemporánea no suele inspirar mucho a los escritores actuales. De hecho, la novela histórica sigue siendo el género literario que está más de moda, como si el escritor se sintiera más cómodo buscando escenarios alejados de la mezquina realidad cotidiana. En ese contexto, no deja de llamar la atención novelas que suponen una indagación sobre la crisis en la que estamos inmersos. Chirbes lo ha hecho en ese libro amargo titulado En la orilla, en el que disecciona con varias voces cómo se ha producido el deterioro; y Pablo Gutiérrez lo ha reflejado en la innovadora y crítica novela titulada Democracia. Muñoz Molina ha querido también enfrentarse a los tiempos ásperos que estamos viviendo. Y lo ha hecho en este libro.
     
   
Prosperidad sobre la nada
Todo lo que era sólido es un ensayo abierto y sugerente. Muñoz Molina plantea este libro como una indagación sobre el pasado reciente. ¿Cómo hemos podido llegar a esto?, se pregunta. “Necesitábamos imaginar que las cosas eran sólidas (…), que el suelo no iba a desaparecer debajo de nuestros pies (…) Ahora sabemos que 2006 fue el año en que llegó a su punto más alto la marea de una prosperidad que se sostenía sobre la pura nada, sobre el crédito barato y la corrupción política y la construcción de viviendas” (pág, 14). Esa mirada al pasado conlleva la voluntad de entender el presente: evaluar las consecuencias del desastre, para alejarnos de esa falsa prosperidad económica basada en la especulación, y aceptar las señales de dónde estaba el disparate insostenible. Escribe: “Ahora el porvenir de dentro de unos días o semanas es una incógnita llena de amenazas y el pasado es un lujo que ya no podemos permitirnos” (pág.17).

El autor no se somete en este libro a un índice establecido. Engarza con libertad 140 textos, unidos por la mirada a la actualidad y al pasado reciente. Tampoco se ata a bibliografía, citas, informes o metodología cartesiana. Este libro es una reflexión personal, expuesta sin tapujos, con una serenidad poco frecuente en la prosa contemporánea. Su visión de testigo y sus experiencias desde Nueva York como director del Instituto Cervantes le llevan a escribir las páginas más atractivas del libro y a recrear retratos de ejecutivos adinerados que en unas semanas se revelaron en quiebra. La base más interesante del libro es su conocimiento directo de lo que cuenta, que no está exento sin embargo de datos reveladores. Cuando uno lee las cifras que se exponen a partir de la página 143, referidas a las recalificaciones urbanas en los años de la burbuja, o a los beneficios de Cajas y Bancos que años más tarde serían declarados basura y rescatados por todos, no es fácil escapar del asombro y del escalofrío.

    El futuro
Muñoz Molina escribe desde el compromiso y desde la militancia ética. Analiza el pasado, para entender el presente y proyecta desde aquí comportamientos de futuro. “Hay cosas inaplazables que tienen que hacerse, sea como sea -escribe-, y que no habrá disculpa si no se hacen”. Apela a la responsabilidad personal: que cada uno haga su trabajo, dice citando a Camus: “La excelencia puede ser emulada igual que la mediocridad, como la buena educación se contagia igual que la grosería”.

Muñoz Molina enlaza en este libro con el regeneracionismo de principios del siglo pasado. Tiene como referencia las ideas de la Institución Libre des Enseñanza. Ha vivido estos años entre Nueva York y Madrid. Su distancia le ha permitido alejarse del ruido, del aire público viciado, de la bronca política, de la aspereza de la vida civil española. Contra el hábito de la discordia, apuesta por arrimar el hombro en una empresa común: “hay que fijarse en lo que se ha hecho bien y en quienes lo han hecho bien para tomar ejemplo (…) Ya no nos queda más remedio que empeñarnos en ver las cosas tal como son, a la sobria luz de lo real” (pag. 253).

Todo lo que era sólido es un libro para el debate y para la reflexión. Para no estar tuertos. Para no callar ante el disparate. “Ha terminado el simulacro”, escribe al final del libro.

publicado en Diario de Navarra 25/4/13

Antonio Muñoz Molina


Nació en Úbeda en 1956. Su primera novela, Beatus ille, la publicó cuando tenía treinta años. La siguiente, El invierno en Lisboa, obtuvo en 1987 el Premio Nacional de Literatura y el premio de la Crítica. El jinete polaco ganó el Planeta en 1991 y de nuevo el Nacional. Ha recibido también el premio Jean Monnet de Literatura Europea y este año, el Premio Jerusalén. Antonio Muñoz Molina ha publicado cinco colecciones de artículos periodísticos y quince libros narrativos. Desde 1995 es miembro de la Real Academia Española. Fue director del Instituto Cervantes en Nueva York y actualmente vive a temporadas en esa ciudad y en Madrid.

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