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la mirada de un niño

    La escritora Tina Vallés abre su última novela con dos citas: una habla de un niño; y la otra de un abuelo. “Un niño es un buen sitio para vivir”, escribió Roberto Piumini. Y Gonçalo M. Tavares dice: “dejemos que los patriotas exaltados preparen guerras, tratados, nuestra lápida y su estatua, y hablemos de lo importante: mi abuelo”. Un niño y su abuelo son los dos protagonistas de la novela de Tina Vallés titulada La memoria del árbol, la primera de esta escritora traducida del catalán y publicada en Anagrama.

El relato está contado desde la mirada del niño y lo forman más de cien secuencias breves, de aproximadamente una página cada una. En ellas cuenta algunas escenas de la vida cotidiana de una familia formada por los abuelos, los padres y el nieto. Son situaciones en apariencia triviales: hacer recados, resolver crucigramas, merendar, memorizar los nombres de las calles, aprender a mirar. “Abuelo, ¿qué has visto”, le pregunta el niño. “Miro sin más. No hace falta ver nada”, le responde. “Y su cara me dice que me guarde esa frase, que no diga nada más, que mire hacia arriba y espere, que ahora mismo me estoy fabricando un recuerdo” (pág. 38).

Cuando los abuelos se trasladaron a vivir a su casa, en su rutina se produjeron algunos cambios. Y conoció entonces que la vida es una sucesión de pérdidas. “Primero será la memoria”, fue el aviso inicial que él no supo comprender. La razón la conoció un tiempo después: “al abuelo se le está olvidando todo poco a poco, se le está borrando todo lo que ha vivido y todo lo que ha aprendido. Se ve que es una enfermedad y que no se cura” (pág. 123).

La memoria del árbol es una novela sencilla en su estructura, que trata con una contenida emotividad un tema doloroso: el descubrimiento por un niño de que “los olvidos del abuelo tienen nombre de enfermedad”.

el accidente

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En la novela de Juan José Millás titulada Mi verdadera historia (Seix Barral) el narrador es también casi un niño, un adolescente en este caso, que considera que la primera parte de su biografía debería titularse El idiota y la segunda, Crimen y castigo. La historia que cuenta tiene un inicio de tragedia, que se desencadena cuando éste lanza una canica desde el puente de una autopista, que choca contra el parabrisas de un coche, provocando un accidente mortal. Todas las personas de la familia que viajaban en el vehículo perecen, salvo la hija, que tiene su misma edad.

Este libro es la historia de una obsesión: la del joven narrador que se encierra en su silencio y en su secreto trágico, que los demás ignoran. Su padre, que interviene en un programa de la televisión sobre libros, habla de escritores con talento que no tienen nada que contar; y él escribe: “quizá yo careciera de talento, pero tenía algo que contar” (pág. 28). Esta novela corta (no llega a las cien páginas de texto) es su confesión: el relato de su intervención en aquel accidente y de sus pensamientos de culpa. En ella sigue el consejo de su padre, cuando le indicó que contara la historia “como si la vida fuera un taller de escritura” (pág. 106). Está escrita con la sencillez que se acomoda a un narrador tan joven. Los personajes elementales y la facilidad del estilo están al servicio de un relato que se define en el libro como una historia de casualidades: las que van desde el suceso inicial a la perplejidad por sus consecuencias, los encuentros y desencuentros de los protagonistas y el final abierto de la historia.

publicado en Diario de Navarra 15/6/17

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