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una espía: Mata Hari
una escritora: Adelaida García Morales

Se llamaba Margaretha Zelle, pero escogió como nombre Mata Hari para trabajar como bailarina en el París de principios del siglo pasado. Nació en Holanda y tuvo una infancia acomodada hasta que cumplió trece años, sus padres se separaron, al poco tiempo falleció su madre y fue llevada a un internado. Para salir de allí, se casó con un oficial del ejército holandés, vivió con él en Indonesia, tuvo una hija, sufrió maltrato, volvió a Europa, se escapó a París y allí se convirtió en bailarina exótica y en prostituta de lujo.

En 1914 Mata Hari estaba en Berlín, un par de semanas después de que fuera asesinado en Sarajevo el heredero al trono austrohúngaro, el archiduque Francisco Fernando. A los pocos días estalló la primera Guerra Mundial. Mata Hari era acompañante de lujo de hombres poderosos y fue contratada por los servicios de espionaje alemanes. Entonces se enamoró de un soldado ruso y viajó hasta la ciudad de Vittel, en la Lorena francesa, para encontrarse con él. Esa fue una decisión fatal. Porque a los pocos días fue detenida, encarcelada, acusada de espionaje, juzgada y condenada a muerte. En sus peores momentos recordaba las palabras con que le despidió su madre cuando era una adolescente feliz: “nada es permanente. Recuérdalo cuando sientas alegría, dolor o tristeza. Todo pasa, envejece, muere y renace” (pág. 31).

El 15 de octubre de 1917, a las cinco de la mañana, fue conducida ante el pelotón de fusilamiento. Pocos días antes había entregado una carta a su abogado Clunet, en la que escribió: “me condenaron a pesar de que lo único que conseguí fue enterarme de chismes en los salones de la alta sociedad”. Con ese texto y algunos documentos de los servicios secretos, Paulo Coelho cuenta su vida de una forma esquemática, breve y de lectura sencilla. Se titula La espía y está editada en Planeta.

vidas falsas

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La anécdota se difundió con rapidez porque era realmente conmovedora. Una mañana de agosto  entró en el despacho de la concejala de Cultura de Dos Hermanas, en Sevilla, una mujer de aspecto descompuesto. “Soy Adelaida García Morales”, se presentó. La concejala no había leído ninguna de sus obras. La escritora, que tenía entonces 69 años, comenzó a publicar tarde, cuando ya había cumplido los cuarenta. Fue un volumen con dos relatos: El Sur, seguido de Bene. El primero fue llevado al cine por Víctor Erice, su marido entonces, con ese mismo título. Luego obtuvo el premio Anagrama con El silencio de las sirenas, y desde entonces había publicado otros diez libros. Pero la concejala de Cultura no conocía ninguno de ellos. “¿Qué desea?”, le preguntó. “Sólo pido 50 euros para poder visitar a mi hijo en Madrid”, le respondió.

La anécdota no es cierta; no ocurrió exactamente así, pero le ha servido a Elvira Navarro para escribir Los últimos días de Adelaida García Morales (Random House). La escritora, que sufría una fuerte depresión, murió un mes después, de un ataque cardiaco, hace ahora dos años. El libro alterna las pesquisas de la concejala de Cultura y la grabación de un ficticio documental sobre la autora, basado en entrevistas a tres personas que la conocieron: una compañera de colegio, una maestra teresiana y el último médico que la trató.

“Este libro es una obra de ficción –se dice en una nota al final de esta novela corta-. Todo lo que se narra es falso y en ningún caso debe leerse como una crónica de los últimos días de Adelaida García Morales” (pág. 103). Lo que contradice radicalmente el título, la portada y buena parte del contenido del libro. Víctor Erice denunció en un largo artículo la apropiación del nombre de su exmujer. En él escribía: “No hay literatura inocente”. Denunciaba “la imagen estrafalaria y esperpéntica que nada tiene que ver con el carácter, el aliento y el humor –sí, el humor- de la mujer que conocimos y cuya memoria conservamos con el mayor de los respetos”. Y se preguntaba “con qué autoridad moral e intelectual se apropiaba Elvira Navarro del nombre y los apellidos de la escritora fallecida”. ¿Vale todo para vender literatura? Ahí está el debate.

publicado en Diario de Navarra 3/11/16

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