la mujer de Roma

capítulo primero

La mujer de Roma, de José Luis Martín Nogales
 

    (...) Se detuvo ante una puerta que estaba cerrada con llave. La abrió con el chirrido metálico que producen las viejas cerraduras desajustadas por el poco uso. Por una hendidura de la ventana se colaba en la habitación la luz tímida de aquella mañana otoñal de Londres e iluminaba las infinitas partículas de polvo que flotaban en el aire. Turner encendió la lámpara que colgaba del techo y una luz tenue iluminó la estancia, cuyas paredes recubiertas de madera le daban un aire de bodega de un viejo barco anclado en el tiempo. En desorden se amontonaban algunos muebles antiguos tallados con maderas nobles. Sobre ellos había pequeñas esculturas de bronce y objetos que parecían de plata. En una estantería vi un montón de libros, breviarios y códices monacales que a saber de dónde procedían.


    - Aquí guardo los objetos que me parecen valiosos -comentó Turner, señalando con un movimiento de la mano toda la habitación; y con ese gesto quería transmitirme la confianza que suponía abrirme las puertas de aquel lugar que escondía los secretos más codiciados de su negocio-. Pero quiero que veas algo -añadió.

Se acercó a una de las paredes, apartó una mesilla de noche y aparecieron tres o cuatro lienzos, de los que sólo podía verse la parte trasera del bastidor. Sacó uno de ellos, lo puso vertical sobre la mesa, donde se proyectaba la luz directa de la lámpara, dio la vuelta al lienzo y se apartó para que yo pudiera verlo.


    - ¡Ese cuadro es de la National Gallery! -comenté asombrado, al ver el cuerpo desnudo de la mujer-. ¿Qué hace aquí?


    Miré a Turner, que asentía con un gesto afirmativo, y fue entonces cuando sentí el temor de saber que estaba en un lugar que no me convenía. Hay secretos que es mejor ignorarlos, porque conocerlos te obliga al silencio y eso te convierte en cómplice.


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XX


    En el Archivo General de Simancas hay una carta que el rey Felipe IV envió a Roma cuando hacía más de un año que Velázquez había salido de Madrid hacia Italia por segunda vez. En ese momento el rey comenzaba a preocuparse, porque Velázquez se estaba demorando más de lo que era razonable. En esa carta el rey le ordena que regrese inmediatamente de Roma, para cumplir con sus obligaciones. Le dicta a su Secretario la misiva para el embajador de Roma:


    "El Rey Duque del Infantado Primo Gentilhombre de mi Cámara, mi embaxador en Roma, de mi consejo: He visto Vra. carta de 6 de Noviembre del año pasado, en que me dais quenta de lo que iva obrando Velázquez, en lo que tiene a su cuidado, y pues conocéis su flema, es bien que procuréis no la execute en la detención en esa corte, sino que adelante la conclusión de la obra y su partencia quanto fuere posible (...) y así os lo encargo, y que en orden a esto le asistais quanto fuere posible, porque no tenga escusa ni pretexto que pueda obligarle a diferirle".


    El rey no quiere que haya ninguna excusa para que se retrase más el regreso de Velázquez. Le ordena incluso que “ha de hazer su viaje por la mar” y que “no lo haga por tierra, por lo que en él se podría detener”. Y la firma va acompañada por la autoridad que le da la expresión contundente: “Yo el Rey”.


    Pero pasan los días, las semanas, los meses; y Velázquez no da señales de estar pensando en el regreso. El rey se impacienta. Él mismo le escribe de su puño y letra. Hasta ocho veces en un año se sienta en el escritorio, coge la pluma y le ordena que prepare “con suma brevedad la venida y no se retarde más el pasaje a este reino”.


    Nada. Velázquez hace oídos sordos y mira para otro lado. No contesta; y no vuelve.


    Velázquez se desentiende, da largas, marea la perdiz, y no hace caso. El embajador de España en Roma se desespera: recibe continuas misivas de la Corte indicándole que recrimine a Velázquez por su tardanza; le dan instrucciones para que organice sin dilación su regreso; y le mandan que entregue un pliego al pintor con las órdenes personales del rey. Hasta trece escritos con este mensaje se conservan en el Archivo Histórico Nacional de Madrid. Y en otros se acude a la mediación del marqués de la Fuente, embajador en Venecia, y del marqués de los Balbasses, en Nápoles, para que le embarquen hacia España. Le reservan incluso pasaje en alguna galera, para que no tenga excusa. Todo inútil. El mensaje es cada vez más apremiante: “dé toda prissa a su partida” le recrimina el Secretario del Consejo con palabras del rey el 21 de junio de 1650; “sin más dilación se encamine a España” le ordena un mes después. Y unos días más tarde, vuelve a recibir una carta el embajador en Roma: “espero que en conformidad de lo que se le ha mandado, abrá partido, y si no lo huviere hecho (que lo dudo) será bien que le deis summa priesa para que no se detenga un punto más”. Confianza baldía, porque Velázquez sigue en Roma y ha alquilado además unos apartamentos en el colegio Nardini y no parece que tenga demasiadas intenciones de volver.


    ¿Qué le retiene con tanta fijación en Roma? ¿Qué le hace desobedecer al propio rey? Velázquez está pensando quedarse en esa ciudad. Hace tiempo que recibe esas cartas apremiantes sin tenerlas en consideración. Lleva más de dos años allí y ha burlado todos los pasajes que le han ido reservando. ¿Qué es más fuerte que la autoridad de un rey?



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