herederos del paraíso

capítulo primero

Herederos del paraíso, Ediciones B
 

(…)



    En el techo brillaban medallones dorados y guirnaldas de hojas, tallos y flores entrelazadas. En las columnas de mármol y en los jarrones de porcelana china rebotaba, tímida, la escasa luz de la mañana que entraba por los balcones abiertos. Pero el hombre que corría con una pistola al cinto no tenía tiempo para apreciar esos detalles ni para admirar las arañas de cristal que colgaban en perfecta simetría o los tapices de Bruselas que embellecían las paredes. Desde el plafón lo contemplaba, sorprendida, una mujer desnuda que apartaba el velo de su cabeza con una mano y sostenía en la otra la luz del sol. Aquella Aurora pintada en el techo, cuya mirada se dirigía con curiosidad a la cama de la reina, había visto copular allí a reyes piadosos y nacer niños cuyo primer recuerdo de este mundo había sido el tacto suave de las sábanas de seda del dormitorio regio. La Aurora anunciaba desde allí la buena nueva de cada amanecer a las reinas que desperezaban sus cuerpos desnudos entre las sábanas. Pero aquel día la carrera apresurada del vigilante no presagiaba ninguna buena noticia. Con la misma mirada sorprendida de siempre, la Aurora vio pasar al hombre vestido de uniforme azul, en cuyo cinturón tintineaban las llaves y entrechocaban las esposas, componiendo el eco de una alarma metálica que anunciaba que algo grave había ocurrido en el Palacio Real de Madrid.


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    Al pasar por delante del espejo del baño, Elena vislumbró fugazmente el reflejo de su cuerpo desnudo. Se detuvo, retrocedió dos pasos y volvió a contemplar con satisfacción su imagen en el cristal. Después abrió el grifo del agua caliente de la bañera y dejó que salieran los primeros chorros fríos. Se duchó con tranquilidad, se secó acariciando con la toalla la piel desnuda, caminó descalza hasta la habitación, abrió las puertas del armario y fue desplazando las perchas hasta encontrar el pantalón que buscaba. Descolgó también una camisa blanca y se vistió despacio, mientras en la estancia sonaba la música de un grupo étnico cuyos ritmos exultantes y primitivos había oído por primera vez en el gimnasio unos días antes. Siempre le gustaba levantarse así: abrir la ventana, dejar que entrara la luz de la mañana en el cuarto y sentir el entusiasmo de una voz que envolviera la habitación con el optimismo de la música.


    Se acercó a la ventana, respiró profundamente y miró la hierba del jardín que había frente a su casa. Las flores plantadas aquellos días invernales salpicaban de colores el parterre, que estaba rodeado por un pequeño seto. Levantó la vista y vio unas nubes blancas que rompían la monotonía del azul del cielo. El sol calentaba el mundo tibiamente aún. Elena notó en el rostro el frescor de la mañana y se sintió bien.


    En ese momento sonó el teléfono. Era extraño que alguien llamara a esas horas a su casa. Sorprendida, se volvió hacia el interior de la habitación y se quedó mirando el aparato, escuchando expectante los timbrazos. Cuando se acercó el auricular al oído, reconoció al instante la voz del hombre que le hablaba. Lo atendió en silencio, sin interrumpirlo, y sólo habló al final.

—Voy de inmediato —dijo de forma escueta.

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