he leído…

la familia y los recuerdos

    He leído el último libro de Juan Cruz Ruiz, que se titula El niño descalzo (Alfaguara). Es un libro entrañable. Está escrito como una carta dirigida a su nieto de tres años, cuando él va a cumplir sesenta y cinco. En cada capítulo (49 en total) una palabra sirve de motivo desencadenante del recuerdo: palabras, algunas, que va aprendiendo el niño (ascensor, playa) o que son los nombres de ciudades en las que ha vivido (Exeter, Bath), de escritores (Lorca, Gabo) o simplemente palabras como “amanecer”, “olas”, “felicidad”, “retrato”, que le arrastran los recuerdos.

En el capítulo más largo del libro, que se titula “Abuelo”, recuerda que los niños de su barrio andaban descalzos, despreocupados y libres, pero él era un niño enfermo y su madre siempre le ponía los zapatos. El nieto es ahora el niño descalzo, “con los pies desnudos como yo hubiera querido estar” (pág. 212). Y de ahí surge el título del libro.

Su lectura resulta conmovedora porque, desde la anécdota y el recuerdo personal, el autor se enfrenta a los grandes temas de la vida humana. Escribe sobre el amor, sobre la familia, sobre la soledad, sobre el padre y la madre, sobre la ternura, sobre la risa. “La vida es risa, encuentro, y de pronto llanto, incertidumbre, duda”. Escribe sobre libros, sobre los escritores cuya lectura le marcaron y sobre los que conoció en su trabajo. Habla de la infancia, de la enfermedad, de los instantes felices, del desamor y de la muerte, del silencio para siempre de la madre, de la ausencia definitiva del padre. En un momento cuenta la última despedida de su padre, en una etapa en que la vida del escritor era sólo urgencias, prisa y mucho ruido: “aquel hombre triste y solo a la espera del médico, y el hijo que era yo y que se va, le da una palmada en el hombro y se va, en medio del sol y su urgencia, volveré pronto, padre, aquí estaré, y el padre luego, echado en su última cama, la habitación oscura, su respiración ronca (…) aquel instante fatal en que yo no supe despedir al padre” (pag. 203).

El libro indaga en remordimientos y en momentos felices. Y en ambos casos lo hace con un tono comedido, sin falsos sentimentalismos, sin rubor impostado y sin impudor. Con una equilibrada mezcla de nostalgia y de vitalismo.

un perro

  Los tres últimos libros que ha publicado Alejandro Palomas se titulan Una madre, Un hijo y, ahora, Un perro (editorial Destino). En los tres aparecen los mismos personajes y forman una serie sobre situaciones cotidianas que pueden producirse en una familia. La historia está contada por el hijo, Fer, pero el centro de la novela lo ocupa la madre, Amalia, una mujer que supera los setenta años, vive separada del marido y a pesar de las situaciones confusas que provoca y de sus continuas salidas inoportunas, maneja con bastante habilidad a los demás. Los demás son sus hijos: Fer, que se dedica al doblaje de películas, es homosexual y vive solo tras haberle dejado su pareja, Andrés; y las hijas Emma y Silvia. En ese círculo son fundamentales los perros que sucesivamente ha ido teniendo la familia: Max, Shirley y R. En la segunda parte del libro el narrador afirma que “la familia es un continuum de naufragios que marcan las muertes y los nacimientos”. Por eso, los personajes de esta novela, en realidad, “están unidos por naufragios comunes” (pag. 117).

Un perro es una novela sencilla, que recrea situaciones cotidianas para hablar de las relaciones familiares y de las preocupaciones de todos los días. Busca el enfoque cómico en algunas escenas y, en todas, el tono sentimental con el que trata temas como el abandono, los secretos familiares o la soledad. Ésta es una de las últimas reflexiones que plantea: “quizá, después de todo, baste con una buena compañía para sentir que hemos tenido una buena vida” (pág. 333).

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publicado en Diario de Navarra 17/3/16

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