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el hijo de las cosas

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Autor: Luis Mateo Díez
Título: El hijo de las cosas
Editorial: Galaxia Gutenberg. 2018
Páginas: 426 páginas
Precio: 20,90 euros

    El hijo de las cosas tiene el tono de una pintura expresionista. En esta novela se cruzan las vidas de varios personajes solitarios, nostálgicos de un amor que nunca tuvieron, vividores a salto de mata en medio de una sociedad bastante desquiciada. Comienza el relato cuando se descubre que el cuarentón Cano Corada lleva cuarenta y ocho horas desaparecido. Sus hermanas Fruela y Mila deciden comunicar esta situación a un amigo, el juez Lamo Beraza, que desempeña su oficio en el juzgado de Oceda. “Cano nos tiene a nosotras para guardarlo, es el hijo de las cosas que más queremos”, dice Fruela en un momento de la novela. Y de esa confesión surge el título y también el significado del libro: “el hijo de las cosas que más queremos”

   Un secuestro
A partir de la desaparición de Cano, la novela desarrolla una trama policial que combina el secuestro, los juegos de azar, las deudas económicas nunca saldadas y los engaños. A través de esta historia, se va desvelando el retrato de este personaje, un tipo peculiar, sin oficio ni beneficio, que vive del cuento y del cuidado de sus hermanas. Es el prototipo del calavera que definió Larra en sus artículos literarios y del tarambana familiar descrito en algunas novelas del realismo decimonónico.

La historia aquí está contada con un tono de humor. Es un humor basado en situaciones disparatadas. Hay una mezcla de ingenio, de simbolismo y de un leve surrealismo, que provoca en el libro escenas procaces y algo carnavalescas. Quienes las protagonizan son gentes desquiciadas, mutilados, ilusionistas, perdedores natos, personajes que representan el fracaso humano y las limitaciones a las que nos somete la vida.

El escenario en el que transcurre la historia es característico de la literatura de Luis Mateo Díez. Oceda es una ciudad que se inserta en el mapa de las “ciudades de sombra” del mundo mateístico, que se ha ido configurando en las novelas anteriores de este autor. Está construida con una geografía de calles inventadas que se llaman Madera, Arbolio, Alabastro o avenida Cifuentes. Su aspecto evoca el mismo deterioro de las personas que la habitan. Cuando el juez Lamo camina por sus calles, tiene “la sensación de que la acera se combaba bajo sus pies, y las fachadas de las casas aledañas anunciaban un vencimiento que parecía derivarse más del cansancio arquitectónico que de la mera declaración de ruina” (pág. 79).

    Vitalismo
Por ese trazado urbano deambulan seres extraviados, movidos por el instinto y por la insatisfacción, que gestionan mal aquello que es realmente difícil de controlar en la vida: “los sentimientos y las quimeras, el lado noble de la condición humana” (pág. 112).

Ese mundo estrafalario y tragicómico da lugar en la novela a amores perdidos, desengaños, historias de juventudes frustradas, vidas de mutilados que han perdido un ojo en un accidente y a la vez la esperanza en el porvenir. Sin embargo, a pesar de ese panorama carnavalesco, el libro desprende un vitalismo contenido, que es la expresión del deseo esperanzado de recuperar las cosas que más queremos, aunque el hijo nacido de estas cosas sea realmente un golfo desvalido.

las cosas que más queremos

publicado en Diario de Navarra 14/6/18

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