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He leído Radicales libres, del físico Michael Brooks (Ariel), un libro interesante, que se abre con una escena que llama la atención. Ocurrió en un auditorio de Davis, California. La sala está plagada de científicos, algunos de los cuales son premios Nobel. Mientras la cosmóloga de Harvard, Lisa Randall, expone su conferencia, en primera fila dos enfermeras tratan de alimentar a Stephen Hawking, y la comida le gotea por la barbilla. Esa escena quiere ser la imagen de la tesis del libro: “De la humanidad de los científicos (y de lo que esto significa) es de lo que trata este libro”, afirma el autor en el primer capítulo.

Cuenta cómo la ciencia y los científicos se han presentado en el siglo XX como algo controlable, juicioso y fiable. Pero su tesis es que con frecuencia en las investigaciones científicas todo vale. También el engaño, la manipulación, el plagio, las imprudencias y el juego sucio. El subtítulo del libro apunta en este sentido: “La anarquía secreta de la ciencia”.

Newton hoy “difícilmente sería el modelo de la sensatez de un científico”, afirma. ¿Y Einstein? Einstein escribía en sus artículos errores que eran “embustes de perezoso”. ¿Y el premio Nobel Kari Mullis? Mullis escribió en Scientific American que sus hallazgos sobre el ADN se debieron al consumo de drogas, sobre todo, LSD.

Radicales libres es un libro interesante y de lectura amena. Cuenta muchas anécdotas. Revela cómo trabajan los científicos y explica que “la ciencia avanza a veces de maneras que desafían nuestras ideas usuales de qué es lo que hacen los científicos” (pág. 254). Su lectura sirve sobre todo como un repaso ameno de investigaciones recientes y de algunos avances de la ciencia.

    Una forma de vida   
Amélie Nothomb recibe una carta desde Irak. “Estoy sufriendo como un perro. Necesito un poco de comprensión y sé que usted me comprenderá”. A partir de ese escrito nace esta novela, que tiene forma epistolar: reúne las cartas que se escriben una novelista  belga y un soldado americano.

La historia es evidentemente literaria, pero Nothomb practica hábilmente la autobiografía ficticia. Como es habitual en sus novelas, parte de una situación impactante y desde ella va hilvanando observaciones sobre la cotidianidad y sobre temas contemporáneos: la propia identidad, la importancia del cuerpo, la verdad y las mentiras.

El soldado se llama Melvin Mapple. Entró en el ejército porque no tenía otro futuro. “Me moría de hambre”, dice. Entonces descubrió el horror. “Hay gente que lo soporta, yo no” (pág. 23). Su recurso fue comer; y así se hizo bulímico; y obeso: cerca de 200 kilos.

Amélie Nothomb escribe libros delgados. Ha publicado ya veinte: uno por año. El primero fue Higiene del asesino. Este último se titula Una forma de vida (Anagrama). He leído que tiene escritos ya setenta y cinco libros, aunque sólo haya dado a imprenta una tercera parte. Sus novelas se leen bien: están escritas con sencillez y son una mezcla de ingenuidad, de ironía y de tristeza. Nothomb entiende la literatura como terapia. En esta novela emprende al final un viaje para conocer personalmente al soldado Melvin. Quiere contribuir a resolver sus problemas. Pero en el avión reflexiona que el problema no son los demás: “Tu principal problema eres tú misma”, se dice antes de aterrizar.

la ciencia y el juego sucio

publicado en Diario de Navarra 12/4/12

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VV.AA.
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