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el arte, ¿para qué?

Un novelista famoso decide dejar de escribir. No es Philip Roth, que hace unas semanas declaró que ya no escribiría más, porque estaba cansado, a punto de cumplir los ochenta años, y había dado sobre el papel todo lo que podía dar. En este caso, es un escritor de ficción que se llama Jasper Gwyn, y es el protagonista de la última novela de Alessandro Baricco.

Baricco deslumbró con la publicación de su primera obra, Seda, en 1996, de la que se hizo una buena versión cinematográfica. Desde hace años dirige una escuela de escritura, así que maneja bien los recursos del escritor para atraer la atención sobre la lectura. Lo hace con un estilo cuidado, un eficaz manejo de los diálogos y una trama que va desarrollando con precisión, en la que todo encaja perfectamente. Aunque sea como en esta novela, Mr. Gwyn (Anagrama), una historia ensimismada y muy leve sobre el mundo del escritor, sus dudas y el destino de su trabajo. Gwyn deja de escribir novelas y se hace retratista. Lo primero que retrata es a su ayudante Rebecca, y ella será la encargada de indagar en la vida de Gwyn y en las motivaciones que mantienen su oficio. Poca cosa. Copio el veredicto final: “No somos personajes; somos historias. Todos somos una página de un libro que nadie ha escrito nunca” (pág. 175).

el horror

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Otro artista de ficción protagoniza la novela Medusa, de Ricardo Menéndez Salmón (Seix Barral). Se llama Prohaska, y la novela es la indagación en su biografía y en las razones de su trabajo, en medio de los horrores que asolaron Europa en el siglo pasado. Prohaska nació en Alemania en 1914 y murió en 1962. Fue pintor, fotógrafo y cineasta. Vivió las dos guerras mundiales, el nazismo y los campos de concentración. Y todo eso fue lo que dejó grabado en sus obras. La novela se pregunta cómo es posible testimoniar tanta perversidad sin sentirse implicado. ¿Cómo vivir con la crueldad sin oponerse a ella? ¿Por qué hacer arte del sufrimiento sin tratar de evitarlo? ¿Cuál es la función del artista?

Menéndez Salmón ha publicado varias obras en las que plantea estas cuestiones y otras similares en torno al tema del mal, los horrores sociales y la responsabilidad personal frente a ellos. Lo hizo en la llamada trilogía del mal: La ofensa, Derrumbe y El corrector. Volvió a plantearlo en La luz es más antigua que el amor. Y lo reitera ahora en Medusa, una novela corta, intensa y exigente, que quiere ser una lectura revulsiva que remueva la conciencia.

La literatura de Menéndez Salmón es densa, reflexiva, cercana al ensayo. Está lejos de la banalidad y el carácter lúdico que predomina en la edición contemporánea. En esta novela se pregunta por el daño y la culpa ante la barbarie. Al final, Prohaska fotografía un cráneo afectado por la masacre de Hiroshima, y entonces escribe: “Lo único inacabable en el mundo es el horror. El horror es el único combustible que jamás se agota, la materia prima más y mejor repartida en el universo” (pág. 134).

publicado en Diario de Navarra 17/1/13

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