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Autorretratos de artistas

  “Pinto porque los espíritus susurran como locos dentro de mi cabeza”, confesó El Greco. Cuando le encargaron cuatro lienzos en los que estuvieran representados los cuatro evangelistas, en uno de ellos pintó su propio rostro, en la figura de San Lucas, con una mirada profunda, indagadora, estrábica y un poco perdida. Los pintores se han mirado en el espejo de su obra con bastante frecuencia; y el resultado ha sido una colección de rostros acumulados a lo largo de la Historia. Todos ellos están reunidos en un libro excepcional: 500 autorretratos, actualizado por Julien Bell y Liz Rideal en la editorial Phaidon. Es la mejor antología publicada sobre este tema. El conjunto está ordenado cronológicamente y es uno de los más hermosos libros que nos podemos regalar.

Algunos autorretratos de pintores son muy conocidos: el de Durero, el de Leonardo da Vinci, el de Rembrandt, el de Gustave Courbet, de Picasso, de Frida Kahlo, de Leonora Carrington. Otras veces los pintores ocultaron su rostro en obras que les encargaron sus mecenas. Andrea Mantegna dibujó su retrato en más de un cuadro religioso. Gozzoli se coló en la comitiva de los Médicis que acompañan a los Reyes Magos. Miguel Ángel se inmortalizó en uno de los laterales de la Capilla Sixtina, en el juicio final, cediendo su cara al pellejo desollado de San Bartolomé.

En 1655 Gerard Dou se dibujó apoyado en una ventana, que es el marco de un cuadro del que parece salirse al exterior. Murillo hizo algo similar, posando su mano fuera del marco. En la catedral de Viena podemos ver al escultor Anton Pilgram asomándose a una ventana, bajo la galería del órgano. Y en 2014, Boris Mikhailov se retrató desnudo, atascado en medio de una puerta de cristal.

Algunos pintores han derrochado humor para reírse de sí mismos. McBean se retrató descabezado y sonriente en una escalera, en medio de fregonas; Arthur Fellig, mirando embobado un zapato de mujer; Magrite se reprodujo en movimiento simultáneo, mientras parte un filete de carne, come y se sirve un vaso de vino al mismo tiempo. Otros artistas se han mostrado radicalmente desolados ante sí mismos. “Odio mi cara; sólo he pintado autorretratos cuando no tenía a otra persona a mano”, confesó Francis Bacon.

Con ellos mismos como protagonistas, algunos pintores han compuesto obras llenas de simbolismo. Así ocurre en el retrato que hace de sí Dorothea Tanning junto a una serie interminable de puertas abiertas. Van Gogh fue uno de los pintores que más reprodujo su rostro. Al final de su vida escribió: “he puesto mi corazón y mi alma en mi obra y he perdido la mente en el proceso”.

Autorretrato de escritor

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Autorretrato sin mí se titula el libro que acaba de publicar Fernando Aramburu en Tusquets. Después del testimonio de los años de asfixia social provocados por el terrorismo de ETA en el País Vasco, que reflejó en Patria, la novela más importante editada en las décadas de este siglo en España, Aramburu ha publicado este libro, que es intimista y lírico. Está compuesto por 61 textos breves, de apenas un par de páginas cada uno, que podemos calificar como anotaciones de un dietario sin fechas. Son poemas en prosa, reflexiones personales, recuerdos y observaciones sobre temas diversos.

“Contraje la poesía a edad temprana”, escribe al principio, evocando sus lecturas de Rubén Darío, de Góngora, de Federico García Lorca. Páginas después comenta su destino de escritor: “otros trabajan el oro, la madera, la harina. Yo me afané con las comunes palabras del idioma castellano”. Y en otro momento, recordando sus años jóvenes, establece este principio como norma vital: “vivo desde entonces en un paisaje ético”.

Estas tres referencias componen la base sobre la que está construido este libro: lirismo, mirada de escritor sobre la realidad y una actitud ética. En él hay apuntes autobiográficos, evocaciones de sus padres ya fallecidos, confesiones sobre situaciones familiares difíciles, momentos de enfermedad y el arrebato vital del joven que deja su tierra para emigrar a un país extranjero empujado por el amor de una mujer. Hay páginas dedicadas a las cosas sencillas y domésticas, momentos de nostalgia y sentimientos de perplejidad. Entre todos sus comentarios, he subrayado esta confesión: “yo, que acaso haya aprendido pocas cosas, sé que no consto sólo de miedo, que hay espacio en mí para la gratitud y hay momentos en mí para la paz, y que, puesto a hacer la suma completa, estoy a buenas con la vida” (pág. 33).   

publicado en Diario de Navarra 22/3/18

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